"Llamado a algunos doctores" [quechua - castellano], por José María Arguedas
Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor...
"Vallejo en París" / Entrevista de Antonio Ruiz Vilaplana
(La Cena Miserable - Adriana Alvarado Alfaro) Hace días quedamos en encontrarnos en Le Dome (“Mallarmé” le llama Vallejo) y sólo puso una condición para acceder a esta entrevista. Todas las preguntas las debería él de contestar usando sus escritos...
"Carta de Amor, de César Moro", por Mario Vargas Llosa
Cuando Moro llegó a París los surrealistas estaban en su época de oro: había abofeteado, simbólicamente, el cadáver todavía tibio de Anatole France...
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24 jul 2015
8 nov 2014
"Reflexiones acerca de la educación del adolescente", por Julio Chiriboga
Prácticamente, el fin último que persiguen nuestras escuelas, colegios y universidades es el examen; y la esencia, cifra y compendio del examen es la nota. Los números que la traducen dejan de ser entidades abstractas y se convierten en curiosos geniecillos, íntimamente vinculados con la vida de alumnos, padres y maestros. El alumno estudia por la nota; el éxito del maestro se mide por la nota; los padres sólo se preocupan de la nota. La nota, siempre la nota, de uno a otro confín de nuestro campo educacional.
La nota es el síntoma de nuestra pésima orientación educativa. Revela un señorío alarmante del intelectualismo rutinario.
16 ago 2014
"En torno a Platón: Espejos", por Alberto Benavides Ganoza
"Mientras hay unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
...
¡habrá poesía!"
BECQUER
La especulación filosófica ha sido siempre cosa de reflejar la realidad. La psique (el alma) es el espejo, la tábula rarísima que sirve para reflejar que sirve para reflejar la naturaleza de las cosas, es decir las cosas mismas. Cuando el espejo es diáfano y la imagen nítida, ahí aparecen con toda claridad las cosas reflejadas hasta su principio; todo muestra entonces el brillo de la belleza que es la señal de su principio.
10 ago 2014
"Carta de Amor, de César Moro", por Mario Vargas Llosa
Cuando Moro llegó a París los surrealistas estaban en su época de oro: había abofeteado, simbólicamente, el cadáver todavía tibio de Anatole France; los escritores oficiales y el periodismo recordaban el escándalo descomunal que provocaron en cierto banquete; la poesía, por obra suya, asaltaba las zonas imprevistas de lo irracional y lo onírico y, en sus manifiestos y revistas, con absoluta convicción, se daba por liquidada la cultura de Occidente. La burguesía se asustaba aún con los espectáculos-provocación de estos desesperados que llamaban a Francia un "país de puercos" y perdían a gritos que los bárbaros del Este vinieran a despedazar esa dulce Nación. Por primera vez, un movimiento de escritores, pintores y poetas -aunque ellos consideraban repulsivos y despreciables estos calificativos- no se contentaba con revolucionar la literatura y parecía dispuesto nada menos que a reformar integralmente la sociedad y el hombre. Para conseguirlo, sus secuaces se empeñaban en las más sorprendentes acciones: pactaban con el partido comunista, rendían homenaje a la parricida Violette Noziéres, indicaban que el acto surrealista más puro consistía en descargar un revólver contra la multitud, insultaban por periódico a los jóvenes espadas de honor de la Academia Militar de Saint Cyr y, alguno de ellos, demostraba volándose los sesos hasta qué punto era sincera su opinión favorable al suicidio. 










