"Llamado a algunos doctores" [quechua - castellano], por José María Arguedas

Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor...

"Vallejo en París" / Entrevista de Antonio Ruiz Vilaplana

(La Cena Miserable - Adriana Alvarado Alfaro) Hace días quedamos en encontrarnos en Le Dome (“Mallarmé” le llama Vallejo) y sólo puso una condición para acceder a esta entrevista. Todas las preguntas las debería él de contestar usando sus escritos...

"Carta de Amor, de César Moro", por Mario Vargas Llosa

Cuando Moro llegó a París los surrealistas estaban en su época de oro: había abofeteado, simbólicamente, el cadáver todavía tibio de Anatole France...

Cuarenta textos peruanos para descargar

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8 oct 2015

"Los primeros libros de Ribeyro", por Carlos Eduardo Zavaleta

Ribeyro / Fotografía de Carlos "Chino" Domínguez
Julio Ramón Ribeyro, por Carlos "Chino" Domínguez

     En la evolución del cuentista Ribeyro hay grados, estructuras narrativas, o estilos, que podría llevarnos a decir que hay varios Ribeyros y preguntarnos de cuál de ellos hablamos. “La vida gris”, llamado por él “el padre de todos mis cuentos”, puede hacernos suponer que la mayoría de los relatos ofrecen personajes ambivalentes, dudosos, apáticos, que no son ni voluntariosos, ni románticos, ni luchadores contra la realidad en torno. Pero ¡cuidado!, este antihéroe dudoso es en otros textos un pequeño pensador asediado por hechos o emociones (o por falta de ellos), cuya vida mental es el mejor espectáculo que nos da el autor, un contrapunto de sensaciones, pensamientos y realidades, dibujando el vaivén de las cosas. Como ejemplos, ahí están desde una estampa más o menos estática como “Los eucaliptos”, hasta una descripción que, inesperadamente, pasa de la calma al vuelco dramático en “Por las azoteas”, cuando la muerte corta no sólo la hermosa vida rutinaria, sino el primer e inolvidable lazo de amistad de un niño con un vecino de su edificio.

10 ago 2014

"Carta de Amor, de César Moro", por Mario Vargas Llosa


   Cuando Moro llegó a París los surrealistas estaban en su época de oro:  había abofeteado, simbólicamente, el cadáver todavía tibio de Anatole France; los escritores oficiales y el periodismo recordaban el escándalo descomunal que provocaron en cierto banquete; la poesía, por obra suya, asaltaba las zonas imprevistas de lo irracional y lo onírico y, en  sus manifiestos y revistas, con absoluta convicción, se daba por liquidada la cultura de Occidente. La burguesía se asustaba aún con los espectáculos-provocación de estos desesperados que llamaban a Francia un "país de puercos" y perdían a gritos que los bárbaros del Este vinieran a despedazar esa dulce Nación. Por primera vez, un movimiento de escritores, pintores y poetas -aunque ellos consideraban repulsivos y despreciables estos calificativos- no se contentaba con revolucionar la literatura y parecía dispuesto nada menos que a reformar integralmente la sociedad y el hombre. Para conseguirlo, sus secuaces se empeñaban en las más sorprendentes acciones: pactaban con el partido comunista, rendían homenaje a la parricida Violette Noziéres, indicaban que el acto surrealista más puro consistía en descargar un revólver contra la multitud, insultaban por periódico a los jóvenes espadas de honor de la Academia Militar de Saint Cyr y, alguno de ellos, demostraba volándose los sesos hasta qué punto era sincera su opinión favorable al suicidio.