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| Julio Ramón Ribeyro, por Carlos "Chino" Domínguez |
En la evolución del cuentista Ribeyro hay grados, estructuras narrativas, o estilos, que podría llevarnos a decir que hay varios Ribeyros y preguntarnos de cuál de ellos hablamos. “La vida gris”, llamado por él “el padre de todos mis cuentos”, puede hacernos suponer que la mayoría de los relatos ofrecen personajes ambivalentes, dudosos, apáticos, que no son ni voluntariosos, ni románticos, ni luchadores contra la realidad en torno. Pero ¡cuidado!, este antihéroe dudoso es en otros textos un pequeño pensador asediado por hechos o emociones (o por falta de ellos), cuya vida mental es el mejor espectáculo que nos da el autor, un contrapunto de sensaciones, pensamientos y realidades, dibujando el vaivén de las cosas. Como ejemplos, ahí están desde una estampa más o menos estática como “Los eucaliptos”, hasta una descripción que, inesperadamente, pasa de la calma al vuelco dramático en “Por las azoteas”, cuando la muerte corta no sólo la hermosa vida rutinaria, sino el primer e inolvidable lazo de amistad de un niño con un vecino de su edificio.






