El
cazador avanzaba en la oscuridad, con un blando crujido de hojas muertas.
Curvado elásticamente sobre los pies desnudos, llevaba el arco tenso, la flecha
pronta, esperando distinguir el brillo de los ojos. La sombra también parecía acechar.
Apenas refulgieran dos puntos como vidrios encendidos, dispararía coligiendo el
lugar del pecho. ¿Caminaba por allí un sajino? El cazador se detuvo para
escuchar claramente. Inmóvil bajo la parada túnica, era en la noche un tronco
más. Las copas del bosque entrecruzaban rumores diferentes, según la espesura
de los ramajes. Ningún ruido brotaba a ras de tierra. Prosiguió entonces la
marcha cautelosa, eludiendo ramas espinudas que le arañaban los brazos. Por la
rala copa de u árbol que hurgaba el cielo, asomaron algunas estrellas. Un
ramalazo de claridad destacó la negra cabellera, las facciones rudas, la media
luna del dúctil arco. El cazador no tardó en buscar la sombra. Sabía que en
tinieblas son las flechas mejores zarpas.



