Cuando Moro llegó a París los surrealistas estaban en su época de oro: había abofeteado, simbólicamente, el cadáver todavía tibio de Anatole France; los escritores oficiales y el periodismo recordaban el escándalo descomunal que provocaron en cierto banquete; la poesía, por obra suya, asaltaba las zonas imprevistas de lo irracional y lo onírico y, en sus manifiestos y revistas, con absoluta convicción, se daba por liquidada la cultura de Occidente. La burguesía se asustaba aún con los espectáculos-provocación de estos desesperados que llamaban a Francia un "país de puercos" y perdían a gritos que los bárbaros del Este vinieran a despedazar esa dulce Nación. Por primera vez, un movimiento de escritores, pintores y poetas -aunque ellos consideraban repulsivos y despreciables estos calificativos- no se contentaba con revolucionar la literatura y parecía dispuesto nada menos que a reformar integralmente la sociedad y el hombre. Para conseguirlo, sus secuaces se empeñaban en las más sorprendentes acciones: pactaban con el partido comunista, rendían homenaje a la parricida Violette Noziéres, indicaban que el acto surrealista más puro consistía en descargar un revólver contra la multitud, insultaban por periódico a los jóvenes espadas de honor de la Academia Militar de Saint Cyr y, alguno de ellos, demostraba volándose los sesos hasta qué punto era sincera su opinión favorable al suicidio. 



