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(Cuento ganador de la I Feria del Libro de Trujillo)
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Fue el año de las lluvias cuando todo se tiñó de negro y cayó el agua tan interminablemente que nada quedó seco, ni siquiera el interior más recóndito de lo que ayer nomás fue el soleado Tumbes.
Se sabía de la mañana por cierta claridad grisácea. Todo estaba cubierto de una hojarasca espesa y de un musgo ácido, gomoso y fermentado que las lluvias del día se encargaban de lavar y que se repitieron cien veces consecutivas antes de que se abriera el cielo y dejara aparecer un sol brillante que empezó a pudrirlo todo.




